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Esta imagen fue tomada de dirkseca en Flickr

Esta imagen fue tomada de dirkseca en Flickr.

Esta entrada ha sido amablemente escrita por Juan Camilo Gómez, Ingeniero de fluidos en Halliburton y Fotógrafo aficionado en sus ratos libres.

Los teléfonos inteligentes son una revolución en todo el mundo. Basta ver las ventajas de tener uno en el bolsillo y saber todo lo que pasa, comunicarse fluidamente con todos los contactos, ubicarse fácilmente en cualquier lugar del mundo cuando uno está perdido e inclusive utilizarlo como elemento para hacer llamadas telefónicas a otras personas (hasta para eso son útiles). Lo sorprendente sobre estos equipos es que hace 10 años eran parte de nuestra imaginación y hoy han echado raíces tan profundas que el mundo parece imposible sin estos artículos.

Sin embargo, creo que la red nos está enredando, quizá demasiado, porque cada vez nos es más difícil desconectarnos; es más, he visto gente tan ocupada con sus teléfonos que no le queda tiempo para mirar por el parabrisas mientras conduce, pues debe atender asuntos de vital importancia en su teléfono, tal vez más vitales que los Homo Sapiens que pudiera atropellar con su vehículo. Hace unos días en un aeropuerto vi una pareja de padres con su hijo mientras tomaban el desayuno, ambos padres estaban concentrados, por no decir ensimismados, en sus teléfonos mientras su hijo los miraba en silencio. El pequeño se mostraba sin saber qué hacer, viendo como ambos padres estaban envueltos por una burbuja al mirar aquella pequeña pantalla. Yo mismo me he visto en algunos momentos demasiado concentrado en mi equipo, descuidando la interacción con otras personas o hasta viendo como pasa con impunidad el tiempo mientras “gozo de la tecnología”.

Es indudable que la tecnología ha hecho al hombre poderoso en la naturaleza y ha cumplido la promesa de hacer la vida del hombre más amena. También hemos descubierto lentamente que aparte del bienestar hay otros efectos sobre la naturaleza que genera la tecnología y los desarrollos del hombre, pero quizá el aspecto que menos hemos calculado y que estamos lejos de poder predecir es la repercusión de la misma sobre la sociedad. Hoy la información viaja más rápido, pero vemos menos caras y cada vez nuestro contacto es mediado en mayor medida por los mismos equipos que hemos creado.

No estoy exhortando a las personas a no valerse de la tecnología, la misma ha logrado que se acorten distancias y que las misivas que antes tardaban semanas en llegar hoy solo tomen fracciones de segundo. Simplemente utilicémosla en su máximo potencial pero no olvidemos que al otro lado del chat hay personas y que fuera de esa red hay un mundo y una sociedad.

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